
Pasas años de tu vida y terminas constatando que te quedan más recuerdos en tu mochila que sueños o deseos no cumplidos, tal vez porque no has llegado a ellos, o porque si lo has hecho y han terminado por decepcionarte.
Si, a veces la memoria pesa, pero otras, es un dulce bálsamo que te marca una sonrisa en la cara y endulza momentos anodinos o miserables.
Buceando en ese desván del recuerdo, que es puro cambalache, encuentras una canción que, de manera persistente, vuelve, pasados los años, como muchas otras y que suponen, para uno, ese algo que te hace ser tú. No estoy hablando de discos, músicos o momentos asociados a tal o cual escucha o momento. Sino a esa ocasión mágica en que LA CANCIÓN se apodera de tu emoción, atrapa tus sentidos y se encaja en tu ADN para acompañarte hasta el final de ti como tú.
El chaval que era yo en aquel momento en cuestión, estaba, como todo crío mareado por las hormonas, desafiando al mundo y demostrando que era el tipo más duro del barrio. Los parches de Saxon y Motorhead se disputaban espacio con los de AC DC y Kiss. Todo tenia que ser duro, rápido, contundente y voraz. En la radio, en serio, se escuchaba a U.F.O. a Journey, a Billy Joel, a Pink Floyd y muchos etcéteras más.
Un día ese chaval tan duro y combativo escucha en la radio una canción que, a priori, se encuentra en las antípodas de su mirada musical. El tema en cuestión comienza con piano, de un ritmo contundente, arácnido y sólido. Un piano que hipnotiza y te arrastra hacia la canción. A ese piano se le va uniendo el chaston, la caja, el bajo una guitarra con ese maravilloso sonido tan Isaac Hayes, los coros femeninos que, como en un sueño, te lanzan al redoble que, tras un minuto veintinueve segundos, dan paso a la rotunda voz de Richie Havens el cual conduce la canción hacia ese sonido firme y sólido que hizo vibrar a un criajo que, en su corta existencia hubiera imaginado que una canción podía sonar como esa, sin guitarras aceleradas, punteos llameantes, baterías como apisonadoras y estética dura y desafiante.
“Going Back To My Roots” habla de la conciencia de un hombre negro de su pasado y de lo que significa ser negro en un mundo que, veinte años antes, segregaba a los de su raza y los marcaba como ciudadanos de segunda. La canción estaba incluida, como sexto tema, de un disco del año 1980 titulado Connections en el cual, el cantante interpretaba temas tan dispares y variopintos como el “You Send me” del gran Sam Cooke. “We Got tonight” y “The Fire Down Belong” del fantástico Bob Seger o una animada versión del “Ol´55” de Tom Waits, perteneciente al primer disco del etílico cantautor. Havens era ese tipo de cantante que, igual que Rod Stewart, Tom Jones y muchos más, interpreta temas de otros autores y logra hacerlos suyos imprimiéndole ese alma, ese sudor.
En aquel momento no tuve conciencia. Ahora, pasados los años, sé que mis orejas iban a llegar a todo tipo de estilos y personas, ritmos y maneras de vivir, por la geografía interminable de este planeta llamado Música.
Richie Havens, Going Back To My Roots. Pura vida.







